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14 mayo 2012

Proyectos inconclusos

De niña les pedí a mis papás que me compraran un piano. Mi madre dijo que había uno en casa de los abuelos y que practicara ahí. Empecé a tomar unas clases y pronto vieron que ir a casa de los abuelos era muy lejos y mejor me compraron un tecladito. Tomé clases tres veces por semana y al ver que no era cosa fácil volverse una gran concertista aborté la misión y boté el tecladito.

A los nueve años vi que todas mis amigas iban al catecismo y le pedí a mi mamá que me llevara. Todas iban a tener una primera comunión con desayuno y muchos niños y yo también quería la mía. En eso un poco más constante: me mantuve católica practicante hasta los 19 años. Hice la comunión y la confirmación, pero hasta ahí llegó mi “fe”.

A los 13 años decidí que quería estudiar literatura. Como muchos, quería dedicar mi vida a leer y escribir. A los 20 años entré a la UAM a estudiar letras hispánicas. No aguanté ni un trimestre. Por suerte me aceptaron en letras inglesas en la UNAM y salí corriendo de Iztapalapa a la paradisiaca Ciudad Universitaria. Luego tuve que abandonar la escuela por múltiples razones, dejando pendientes 15 materias. Empecé y terminé el servicio social, pero nunca pedí la carta de liberación.

También a los 20 años entré a la escuela de escritores de SOGEM. Hice buenos amigos, recolecté un buen número de recuerdos, coleccioné un par de gotitas para el ego y la abandoné sin terminar el diplomado: escribía más antes de entrar a la SOGEM.

Y, así como les cuento, he empezado un millón de proyectos y difícilmente he concluido alguno. Empecé una novela, un libro de cuentos, varios cuentos solos, un millón de malos poemas… Empecé a trabajar en bares y restaurantes y pensé que convenía hacer carrera en ese ramo: aprender todo lo que hubiera que saber al respecto y luego poner mi propio negocio. Pero salí de ahí y empecé a trabajar en revistas. Misma cosa: aprender todo lo que hubiera que saber y volverme la editora que las revistas mexicanas se arrebatarían. Pero llegó la crisis de 2009 y me botaron pa la calle. Entonces regresé a cerrar uno de los muchos proyectos empezados: la licenciatura. Terminé en un año las 15 materias, repetí el servicio social y pedí la carta, hice el examen de tercer idioma y lo aprobé, empecé a escribir una tesis y estoy cerca de terminarla (sólo me falta sentarme a hacerlo).

Este enero me propuse tres cosas: hacer ejercicio, leer un libro a la semana y no comprar libros nuevos para leer al fin todos los que hay en mi pequeña biblioteca. Compré una máquina para hacer ejercicio y la he usado todos los días excepto un mes sí y un mes no. Voy exactamente nueve libros atrasada y he comprado, si no me equivoco, un libro al mes.

Pero además me he puesto dos nuevos objetivos. El mes pasado decidí asociarme con un par de amigas y poner un negocio, y con otra quedé en escribir un libro.

Haciendo un recuento, este año tengo que hacerme tiempo todos los días para leer, hacer ejercicio, montar un negocio, terminar la tesis, escribir un libro, actualizar este blog, cumplir con mi jornada laboral de ocho horas, comer, dormir y meditar… Todo con miras de pronto tener un hijo y un perro. Algunas personas son más eficientes que yo. Algunas son más ambiciosas. Muchas se plantean objetivos más realistas. Yo no soy ni realista ni ambiciosa ni eficiente. Soy una soñadora. La ventaja es que con eso nada se pierde.

10 mayo 2012

Mamá, hoy en tu día…

Esta mañana me bajé del taxi un poco antes de llegar a la oficina y tuve que cruzar a pie la gran avenida. Abrí mi libro (La educación sentimental de Flaubert) y leí un par de párrafos. Muy cerca de la banqueta pasó una de esas camionetas con un par de “señores” que dan algún servicio como conectar el teléfono, arreglar la luz, instalar la tele o cosa por el estilo, y pensé qué mala pata sería que me atropellaran justo hoy, día de las madres.

Naturalmente, esto trajo una serie de recuerdos a mi mente: los 10 de mayo de la vida no suelen ser días totalmente agradables:

Por alguna razón mi padre creía que un electrodoméstico era un gran regalo para una madre. ¿Cuál sería el slogan en su mente? “Consiéntete con una plancha que echa mucho vapor” “Hoy en tu día, aspira” “Si de hacer el jugo de tu marido se trata, Osterizer” …

Claro, compensaba invitándola a comer a algún sitio lindo de esos impecables donde es perfecto el servicio, la comida es deliciosa y no puedes entrar con tenis ni sin corbata. ¿Ya saben? Esos sitios con hermosos jardines y shakers chiquititos para servirte el martini individual en la mesa. Y allá íbamos los tres. Que yo recuerde casi siempre atinaba a hacer una reservación, lo cual no garantizaba que nos sentáramos luego, luego. Pero el problema no era tanto la espera (desagradable en sí), sino el servicio: pobres meseros encamotados, corriendo de un lado a otro, cobrando lo mismo porque el 10 de mayo no es feriado oficial, con poco personal en la cocina porque seguro habrá quien se tome el día porque es madre o tiene madre o se puso hasta la madre. Aclaro que mi mamá es muy paciente y no suele demostrar incomodidades ni inconformidades. Pero sí recuerdo su carita de horror aquellas tardes en que le tocaba comer entre globos, flores, niños que corren, bebés que lloran, hijos adultos que empedan y abuelas que  ponen carita de “aquí nos tocó venir”. Trataba de sonreír porque mi papá estaba invitándola a comer, dándole lo mejor que se le había ocurrido.

Recuerdo con particular incredulidad el día de las madres cuando estaba en tercero de primaria: me devolvió la maestra un examen de cálculo mental naturalmente reprobado que tenía que llevar firmado al día siguiente. Me apenaba tanto llegar con mi mamá con una manualidad chueca y feita en una mano y un examen reprobado en la otra… Mi hermana salió al quite, heroica como siempre, y falsificó la firma de su padre. Mi mamá nunca vio ese examen, cumplí con la tarea y descubrí una de las muchas ventajas de tener una hermana mayor. Confesé nuestra fechoría años después, cuando ya no había más matemáticas que reprobar.

Hoy es día de las madres. Hoy la mayoría de ellas se pinta la boca. Muchas se pondrán zapatos y un vestido bonitín y saldrán a la calle sin tubos en el pelo. Ya las vemos caminando tan contentas con la rosa roja desconchinflada que las maestras mandaron con cada hijo. Contentotas y amontonadas, o en su casa batallando con los chamacos porque los mandaron para allá pensando que las madres en su día lo que más desean es pelear con sus enanos. Es el día en que los hijos mayores llevan mariachi a su madre, la sacan a pasear, pagan un cuentononón y cruzan la ciudad con tal de que ella note la diferencia entre este y un día cualquiera. Es el día en que se echa a andar la economía. Espero que hayan aprovechado las ventas nocturnas y que no se les haya ocurrido comprar flores a última hora. Espero que no hagan caso a los anuncios en el radio y no le hayan comprado un purificador de agua. Espero que hayan tenido la decencia de hacer la comida y no dejar que ella la haga, o al menos que laven los trastes. Y si no tienen madre, tengan al menos la decencia de recordarla fuera de bares y cantinas. Emborracharse con el pretexto de que no tienen a quien celebrar es de pésimo gusto, querido lector. Mejor escriba sus recuerdos en un blog.

8 mayo 2012

Mafia al volante

Hace mucho tiempo que no cuento una historia de taxistas (Hay quien dirá que hace mucho que no cuento nada de nada), así que ahí les va una:

Hoy, como casi todas las mañanas, me subí a un taxi para ir al trabajo. Independientemente de los consejos de seguridad que oímos por todas partes —que tenga placas de taxi, que traigan el tarjetón con su identificación, que los vidrios no estén polarizados— tengo mi propio set de reglas para elegir un taxi: que no sean cucarachos que se inventan carriles, que el conductor no se vea como que se acaba de levantar, que el carro no esté lleno de golpes y todo traqueteado, que no sea un vocho, que no traiga música a todo volumen y, que no me eche las luces cuando estoy parada esperando.

Pues bien, hoy elegí un taxi como cada mañana y me equivoqué. Era uno de esos “radio taxis” cuyo conductor supone que para entrar en el rubro de radio taxi no basta con tener un radio en el taxi sino con usarlo sin parar ni un segundo. Yo no sé qué opinen ustedes, pero en la rama del radio taxi prefiero que limiten sus comunicaciones a avisar cuando te subes y cuando están listos para tomar otro servicio. El conductor de hoy opina lo contrario. Pero, además, el lenguaje en que se comunicaban no era humano, era numérico pero tampoco era binario. Todo eran claves: “24 en 28 con 21 a 54” y las respuestas eran similares. Confieso que me pusieron nerviosa. ¿Está diciendo que lleva a una mujer vestida de tal forma hacia cierto punto de la ciudad? ¿Están poniéndose de acuerdo para asaltar una gasolinera y usarme como accesorio? ¿O simplemente están comentando que ya es hora de parar por una torta de chilaquiles?

Pues bueno. A mí me habría gustado leer en el camino, cosa que fue imposible por el parloteo entre conductores. Sentí un poco de pena por el hombre cuando vi que tiene en la ventana pegado un letrero que dice “Gracias por su propina”. ¿Pero cómo supone que le voy a dar propina si ha sido el viaje más estresante en mucho tiempo? Y para colmo, cuando llegamos a mi destino, le pagué y me respondió: “¿No tiene cambio?”. ¡Diosanto! Si le hubiera dado un billete muy grande para pagar una cantidad muy chiquita, lo entendería. Pero no fue el caso. Si dedicara la cuarta parte del tiempo que le dedica al chingado aparatito a parar en una gasolinera y cambiar cien pesitos por morralla, sería mucho más afortunado. Cierto que uno no puede pretender que traigan 500 pesos en cambio, pero 25???

Sí, me puso de un humor del carajo…

Y en el mismo rubro, pero en otro rumbo: ¡Aguas con el sitio que está afuera de Perisur! El domingo pasado quise tomar un taxi de ahí para ir muy cerca del Hospital Ángeles del Pedregal, un trayecto de 15 minutos, a lo mucho. El señor me dijo “Cien pesos, es lo que cobramos”. Pero la semana anterior un taxi mucho más decente me cobró 150 por llevarme al mismo lugar desde BASTANTE más lejos. Digamos que me estaba cobrando cerca del triple por llevarme al mismo sitio. Y tampoco es que tuvieran una apariencia de esas que la hacen a una sentirse muy segura. Eran unos tipos que, básicamente, me habrían asaltando con mi consentimiento. Paré un taxi de la calle que me cobró 26 pesos. ¿Suena coherente?

Mafias: no nos dejan leer, no nos permiten sentirnos seguros, nos hacen perder tiempo o dinero, y además se quejan por lo injusta que es la vida con ellos…

20 abril 2012

¿Teorías de conspiración?

Puede ser porque están de moda. Puede ser porque he leído demasiadas novelas. O tal vez veo mucha televisión. El punto es que la conspiración me persigue, mi cabeza paranoica ve cosas que no están ahí. Pareciera en ocasiones que la gente se pone de acuerdo para traicionarme, para hacerme sentir insegura, para agredirme pasivamente, para chuparse toda mi energía y dejarme agotada y sin posibilidades en medio de la nada.

Luego hago una pausa y observo las situaciones con detenimiento. ¿Será posible que haya personas con tanto tiempo libre como para dedicarse a confabular en contra de otros? ¿Existen en este mundo seres capaces de sonreír mientras te acuchillan por la espalda? ¿Alguien realmente disfruta lastimar a otros, incluso sin motivo? ¿O he cometido errores tan graves y acciones tan grandes como para que la gente se salga de su camino para hacerme mal? Creo que no: ni es posible, ni existen, ni se disfruta, ni los cometí.

Todo ocurre en mi mente. Las risueñas del rincón no se ríen de mí. Los secretos que se cuentan del otro lado de la mesa no tienen nada que ver conmigo. Nadie me ha dado la espalda ni me ha cambiado por otra. La gente del trabajo no está buscando mis errores para hacer escarnio de ellos. Nadie me ha lastimado intencionalmente. Nadie se ha tomado un momento para pensar en cómo me afectan ciertas cosas que hacen o dicen.

Voilà… Nadie se ha tomado un momento para pensar cómo afectan a los demás las cosas que hacen o dicen.

Sé que la mía no es la única mente que se va de viaje al mundo de nadie me quiere, pero sí sé con qué frecuencia me pasa a mí. Como comentaba en mi entrada anterior, las sacudidas me han quitado la mugre que traía pegada en la mente y decidí abrir mi corazón, mi mente y mis ojos para recibir lo bueno que los demás tengan que dar y no ver cosas tristes y dolorosas donde no las hay.

El caso es que hay quienes me complican la historia un montón. Los juegos de lealtades sí existen, los monstruos bajo la cama, los esqueletos en el clóset. Existe ese pasado que puede aventarte una mordida letal en cualquier momento y existe, entre tus personas más cercanas y queridas, quien le abrirá la puerta para que se sienta como en su casa mientras te saca las tripas y carcajea. Tal vez no es cierto que confabulan. Tal vez lo que Chana y Juana hacen se llama falta de atención. Tal vez sí tienen malas intenciones, o demasiado tiempo libre, o me han dado un lugar especial en sus vidas como fuente de chisme sabrosón. Tal vez en efecto no se han tomado un minuto para preguntarse cómo afectan sus acciones, sus comentarios, sus ausencias y sus extrañas decisiones al resto del mundo. Tal vez no afectan en nada y yo soy una loca. Si tan sólo Fulanita no hubiera comentado lo raras que Chana y Juana andan conmigo, seguro podría convencerme de que todo ocurre en mi mente. Pero no.

Lo comentó, andan raras, no todo está en mi mente y ahora sé que además de pintar la pared lisita del color que quiera, tendré que ponerle unos espejitos para que “botellita de jerez, todo lo que digas sea al revés”.

13 abril 2012

Que los años no pasen en vano

Hace muchos años que conozco a la mayoría de quienes hoy son mis amigos. Con algunos fui más adolescente que con otros, pero con todos existe algún recuerdo grandotón. Hemos perdido y encontrado juntos; hemos descubierto y hemos madurado. Pero también hemos cometido errores, unos más serios que otros, algunos con consecuencias perennes y otros que se nos olvidaron al mes siguiente. El caso es que tanto ellos como ellas siguen en mi vida. Y quienes han estado fuera por un tiempo —meses o años— han terminado por volver.

Cada una de ellas conserva el lugar que le asigné desde el principio en mi corazón. De ellos, algunos siempre serán como hermanos: queridos, entrañables y cercanos. Alguno será un exnovio con el que tenga otro tipo de complicidades. Otro me propuso matrimonio. Y otro más, que nos fuguemos del país. Pero ni las propuestas más insensatas o insensibles han logrado que dejemos de mirarnos a los ojos.

El 18 de marzo, en medio de un domingo súper silencioso, encontré a uno de mis amigos. Yo, que había marcado en mi mente una distancia del señor, le dije hola con la mano y estuve a punto de darle la espalda y caminar; pero me cayó el veinte: él no sabía que yo había marcado distancia, y si lo sabía, no tenía más explicación que llamadas no respondidas ni devueltas. Me regresé y caminamos juntos un rato. Yo estaba nerviosa. Sentía culpa porque hice lo opuesto a lo que debe hacerse: algo me separaba de mi amigo y nunca lo hablé.

Entonces le di mis razones, él argumentó dos o tres puntos y al final nos despedimos. Fue incómodo. Prometí que todo volvería a ser como había sido y él me pidió que no sacrificara nuestra amistad. Pero en algún lugar yo sabía que estaba dispuesta a sacrificarla, por alguna ahuevante y perturbadora razón.

Dos días después, tembló. La tierra se sacudió y más de uno imaginamos aquel momento como el último. Todos salimos a la calle, temerosos algunos e incrédulos la mayoría porque seguíamos vivos. Tal vez esa sacudida no sólo nos movió el piso, también el tapete y una que otra idea.

Desde ese día la tierra se ha movido mucho. Y la arenita de viejas ideas y viejos rencores se desprendió de mi corteza cerebral. Las cosas que valen la pena en mi vida se han asentado, y los cimientos de mis relaciones se han afianzado. Por momentos es como si hubiera permitido que un tirol lleno de picos, muy rasposo, cubriera todas las paredes de mi mente y de mi corazón. Creo que esta serie de temblores han ayudado a desprender la mayor parte, y que esta pared lisa puede pulirse y pintarse del color que yo quiera.

Hoy, después del tercer temblor, lo volví a ver (algunas casualidades son de verdad grandes) y de alguna manera me vi en sus ojos: agotada y triste, pero querida y aceptada, criticada con una enorme dosis de cariño, necesitando grandes favores que se resolvieron con tan solo mencionarlos. No estoy sola. Aquellas personas que conocí hace cinco, diez o quince años siguen en mi vida, entrando y saliendo a placer, mereciendo para siempre el primer lugar que les asigné en mi corazón.

4 abril 2012

Afuera el aire malo, adentro el aire bueno

Cualquiera que haya estado vivo en la década de 1980, al menos en México, recuerda esta frase célebre con la que una pandilla de gatos timó, entre otros, al alcalde de Nueva York. Pensándolo bien y dejando la tomadura de pelo a un lado, no es una mala idea: abanicar la vida para sacar de ella lo que no nos gusta y llenarla con todo aquello que nos hace felices.

En las últimas semanas he recibido todo tipo de tratos de diferentes personas. Hay quien me juzga por un error que cometí. Hay quien me agrede por el mismo error. Hay quien lo discute públicamente, como si yo fuera un personaje de telenovela. Hay quien incluso me retiró el habla. Pero aquel error, cometido hace mucho tiempo, en realidad sólo afecta a una persona, que a su vez tuvo a bien convertirlo en chisme de barrio.

Todo esto ha opacado mis ojos. No soy de las personas que andan por el mundo sin importarles lo que diga la gente. En especial la gente que crees que quieres. He estado triste y enojada. He estado claramente arrepentida. He estado dispuesta a asumir todas estas actitudes de la gente como la obvia consecuencia de mis actos. Pero ya no más. Opino que al abrir la boca, la víctima se convirtió en victimario y no puedo más que sentirme profundamente liberada y enormemente agradecida. Me quitó el grillete y mis ojos han vuelto a brillar.

Es sorprendente. En estos días, posteriores a mi liberación, mis amigas, amigos y colegas me han dicho que me veo bien. Esas son las exactas palabras que más de cinco personas han usado: “te ves bien”. De alguna manera soltar el peso de una culpa que estaba fuera de toda proporción me ha devuelto la sonrisa.

Creo que no le debo nada a nadie. Un error es un error y tras pedir perdón éste debería ser concedido. Afuera el aire malo. Afuera la gente nociva. Afuera los chismes y las calumnias. Afuera los malos modos, los malos tratos y las malas costumbres. Afuera la preocupación por cosas que en realidad no valen la pena. Afuera la gente que juzga. Afuera el polvo, el cochambre y la mugre. Afuera los dimes y diretes. Afuera las opiniones no pedidas que buscan hacer más daño. Adentro el aire bueno, la gente linda y honesta, los comentarios positivos, el tiempo libre bien aprovechado, lo limpio, lo claro, lo sano. Adentro una película, un abrazo bien dado, una conversación sin segundas intenciones, una bicicleta nueva, toda la buena música y los amigos de verdad. Adentro cada nuevo proyecto, individual o en equipo.

Estoy muy emocionada por las cosas que están por venir. Estoy ilusionada con lo que sigue. Estoy agradecida por una nueva oportunidad. Y, sobre todo, estoy contenta de mirarme en el espejo y verme bien.

21 marzo 2012

Después del temblor

Es en estas ocasiones en que uno se acuerda que es ateo gracias a dios. Vaya que a los mexicanos se nos movió todo ayer. Se movió el piso (7.9o Richter) y con él todo lo demás. Se fue la luz y ya no pudimos trabajar. La gente se arremolinó para subirse a cualquier medio de transporte que pudiera llevarlo a alguna parte. El tránsito se puso muy loco. Se oyeron sirenas hasta ya bien entrada la noche. Se rompieron tuberías y se cuartearon paredes. Cayeron pedazos de cemento y losetas de las fachadas de algunos edificios. Algunas personas, por pánico o por prisa, tuvieron accidentes de tránsito bastante feos. Se saturaron las líneas telefónicas y quienes querían llamar lo intentaban sin suerte, ya fuera porque no había conexión o porque entraban las llamadas a otro número. Fue un día caótico, agotador y complicado, pero no fue un día perdido.

Empezó a moverse todo. Yo asumí que era el muchacho que se sienta a mi lado en la oficina. Cada vez que se mueve él se mueve mi escritorio, y tardó en caerme el veinte de que ya se estaba moviendo demasiado y con mucho ritmo. Entonces una de mis colegas y yo nos miramos como preguntándonos y las dos asentimos. Nos acercamos a la columna más cercana, obedeciendo el protocolo de los simulacros que hemos tenido. Estábamos bastante tranquilas, hasta que dejamos de estarlo.

Dio tiempo de que saliera mi jefe de su oficina y se parara con nosotras en la misma columna. Entonces algo tronó —no supe qué— y se apagaron las luces. Salió una mujer del baño y se paró junto a nosotros. Todas las personas en la oficina estaban arremolinadas junto a las columnas. Entonces empecé a sentir que ya había pasado mucho tiempo. Luego sonó la alarma y, por primera vez en mi vida, pensé que no la íbamos a librar. Me abracé de mi colega y con la otra mano tomé a mi jefe de la muñeca. Necesitaba contacto humano. Cuando dejó de moverse todo, bastante tiempo más tarde, nos dieron la instrucción de bajar por las escaleras, despacio. Nos fueron bajando por pisos para que no nos amontonáramos en las escaleras. Llegamos abajo y TODOS caminamos una, dos y tres cuadras. La mayoría nos fuimos a parar al parque.

Entonces empezó la verdadera desesperación, la de encontrar a la gente querida. Madres buscando hijos e hijos buscando madres. Yo tuve éxito encontrando a cada una de las personas que me preocupaban más, salvo por las más importantes: mi mamá y mi hermana. ¡Qué ansiedad!

Más o menos una hora más tarde nos dijeron que no volveríamos al trabajo, que nos fuéramos a casa con nuestras familias. (Las palmas se las llevó el empleado federal que le preguntó al jefe: “¿Y mañana?”. “Pues mañana trabajamos normal, a menos que cuando amanezca no haya nada”. ¡Hace falta ser burócrata para preguntar algo así!) Yo había dejado todas mis cosas en el séptimo piso: dinero, llaves de la casa, identificación… Tenía que regresar. Me acompañó un brigadista que me pedía que lo hiciera rápido. Tomé mis cosas y volví a la banqueta.

El metrobús estaba repleto. El tránsito se veía de locos. No iba a caminar a casa porque en la bajada se me había desprendido el tacón del zapato izquierdo. Y al metro no me iba a subir ni de broma. Llamé a mi comadre que vive en la zona y le pedí asilo. Me lo dio. Vimos juntas las noticias, comentamos los percances, nos tranquilizamos una a la otra y comimos bien. Las sirenas seguían sonando y nos costaba trabajo creer que no había pérdidas reales.

Al fin pude volver a casa y, salvo por el teléfono, todo estaba en orden. Me costó trabajo, varias horas, pero al fin pude dormir, cerca de las tres de la mañana. Hoy todos llegamos a trabajar casi como si nada.

Digo casi porque, en efecto, la mujer que salió del baño a pararse junto a mí en la columna ahora me saluda. Porque una de las secretarias que ni siquiera me miraba ahora me pregunta cómo estoy. En general pareciera que la sacudida nos ha hecho pensar que todas estas personas de las que nos rodeamos día con día no son sólo colegas, no son conocidos y, sobre todo, no son extraños. Tal vez no serán amigos, pero sí podrían ser quienes nos rescaten en un percance, o quienes necesiten nuestra ayuda alguna vez. Son, y lo digo pidiendo que nunca ocurra, las personas que podrían estar a nuestro lado cuando se desplome el edificio en el que trabajamos y todos muramos aplastados.