Uno que lea
Después de lo que he confesado en las entradas de la semana pasada, tal vez yo no sea la persona indicada para mofarme de el precandidato a la presidencia de México, Enrique Peña Nieto. Pero diré a mi favor que al menos sé los títulos y los autores de los libros que he leído, y hasta los de algunos que no he leído.
Cuando supe que el señor había Confundido a Carlos Fuentes con Enrique Krauze me dio taquicardia. Luego abrí twitter y me morí de risa. Luego me emocionó que Paulina Peña, hija del priista, dijera que los que critican a su papá son “la prole”. Pensé que es buenísimo que sea la propia hija quien le ayude al ex gobernador del Estado de México a cavar su tumba electoral. Más tarde vi que hay en la misma red gente que defiende a Peña Nieto. Dicen que no creen que quienes lo critican sepan mucho más. En todo caso es tristísimo que un miembro de la “élite” gobernadora no haya leído un libro.
Aquí hay varios temas. En primer lugar, el punto no es ser un ignorante, sino ser un ignorante que quiere ser presidente. En segundo lugar, si vas a viajar a la FIL de Guadalajara, haz tu tarea: averíguate tres autores que vayan a presentar libro, tres presentadores, tres editores… ¡algo! Luego: no quieras parecer más de lo que eres. Limítate a los títulos y no menciones autores. Si Peña Nieto hubiera dicho “Riquete el del copete”, “Barba Azul” y “Caperucita Roja” quizá nadie lo hubiera criticado. Si hubiera dicho Cien años de soledad nadie le hubiera pedido que nombrara al autor, con todo y que es probable que lo hubiera confundido con Octavio Paz… ¡Es más! Si se hubiera limitado a decir “La Biblia y La silla del águila”, nadie se habría dado cuenta de que no tiene idea de quién escribió el libro que supuestamente lo marcó para siempre.
Es cierto que todos cometemos errores, muchos tenemos mala memoria, algunos, en efecto, no leen. He oído a gente que recomienda un libro sin recordar el título, pero es capaz de contar la historia. Como dijo Gabriel Zaid, en México estamos “organizados para no leer” y muchos de nuestros intelectuales van de sabelotodo y no leen nada: van a presentaciones de libros, a las ferias, cargan el último libro de Tal, critican premios, becas y decisiones editoriales, pero no participan realmente en la literatura mexicana. Sin embargo, hacen su tarea: pareciera que saben de lo que están hablando.
Dicen las estadísticas que cada mexicano lee 2.8 libros al año. Sabemos que de los más de 112 millones de habitantes que contó el INEGI el año pasado, 20 millones son analfabetas. Así, hay por ahí al menos 20 millones de mexicanos que leen 5.6 libros al año. Pero algo me hace sospechar que hay mexicanos que están haciéndole la tarea a otros que sí saben leer. Los que leen un libro en las vacaciones, los que leen sólo en el baño y los que leen en la sala de espera del doctor han de leer más o menos tres libros al año. Aclaremos que quienes leemos porque vivimos de eso no contamos lo que editamos entre nuestras lecturas anuales. Así, yo no puedo decir que haya leído muchísimo en 2011, pero sí le hice la tarea a por lo menos ocho mexicanos. Sé que entre éstos no se encuentra Peña Nieto, porque no leí ni La Biblia ni La silla del águila —y nunca he leído un libro de Enrique Krauze—.
A México le urge un buen dirigente: alguien que mire hacia el campo, que se preocupe por la economía, pero no sólo la suya propia. Necesitamos un líder que valore la educación y eso sólo se logra siendo educado. No basta con haber estudiado en la mejor universidad, se necesita tener mucho civismo (que no es el Manual de urbanidad y buenas costumbres de Carreño) y un espíritu generoso que busque el bienestar de todos. Seguramente hay muchos medios para obtener y difundir cultura, educación e interés en el prójimo. Es probable que haya muchas respuestas para quien busca un bienestar general para los mexicanos. Tal vez en algún lugar exista alguien capaz de llevar a nuestro país un pasito hacia delante. Lo que es cierto es que quien lo haga será alguien que conozca su historia, la de México y la del mundo, alguien que sepa un poco de literatura, alguien que haya tenido al menos un mínimo interés en el resto de la humanidad.