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La importancia del calendario

12 diciembre 2011

Es chistoso cómo damos especial importancia a el calendario, la agenda, las fechas, las celebraciones, los feriados. Recordamos con tristeza los aniversarios luctuosos de la gente querida —y en ocasiones también de las mascotas—. Celebramos el aniversario de nuestro nacimiento y el de las personas cercanas. Llega febrero y nos invaden los corazones. Llega septiembre y los mexicanos ponemos banderas. Llega noviembre y los gringos ponen calabazas. Llega diciembre y el mundo se llena de Santa Closes.

Les damos importancia a pesar de que ahora los feriados ni siquiera son el día que se celebra, sino el lunes o viernes más cercano. Es curioso porque las celebraciones cumpleañiles olvidamos que se trata de brindar porque alguien está vivo, y nos ponemos una guarapeta y nos peleamos y queremos regalos y todo se va al caño. Pero lo más cabrón son esas fechas que TODO el mundo celebra porque hay que celebrarlas, porque la televisión lo dicta, porque es una costumbre heredada o porque después de un año nos hemos olvidado de lo mal que la pasamos el año anterior.

El 14 de febrero: qué suplicio tan grande, en especial para los adolescentes. Que negociazo para quienes hacen paletas de corazón. Y qué balcón para quienes son padres de niños nacidos en noviembre.

El 10 de mayo: creo que pocas veces en la vida he visto a mi madre tan incómoda, tan enojada y con tan mala leche como los días de la madre. Entre el calor, el tránsito, los tiempos de espera para una mesa y mi padre que no atinaba a regalarle algo que no fuera un electrodoméstico… Pésima opción el día de madres.

Navidad: Bueno, creo que pocos males son tan grandes como la Navidad. Justo cuando cambia el reloj de las 11:59 pm del 30 de noviembre a las 12:00 am del 1 de diciembre es como si se desatara un maleficio sobre la población mundial. De pronto el tiempo de amar y perdonar se llena de mentadas de madre. En la época de paz se respira estrés y angustia. En el tiempo de convivir y disfrutar nos dedicamos a sufrir y consumir. Los días de reflexión se vuelven días de borrachera y el tiempo de estar con los seres queridos lo convertimos en salidas chafísimas con quienes denominamos nuestros colegas. Total, fatal.

Cae el aguinaldo y nos lo gastamos en pendejadas. Nos estresamos porque hay que aprovechar las ofertas mientras duren, hay que aprovechar todas las ventas nocturnas aunque las compras estén fuera de nuestro alcance. Hay que planear una cena que impresione a más gente que la del año anterior. Hay que romper el record propio: cocinar mejor, verse mejor, que los hijos propios sean más listos, más simpáticos… comprar mejores regalos, servir el mejor ponche, rellenar la mejor piñata, cantar las mejores letanías y comer caña con más elegancia.

Hay que salir. Hay que ver a todo el mundo. No puede terminar el año sin que abraces a las amigas de la prepa a las que no les tiraste un lazo en los últimos 12 meses. Hay que ir a la escuela al festival de los niños, y luego hay que ir a las posadas familiares, sociales, laborales, institucionales. Hay que cruzar la ciudad para ver a las tías que nunca salen. Hay que subir al cerro para ver a los compadres del empleo anterior. Hay que ir al aeropuerto por la abuela que llega. Hay que ir a la Tapo por las primas. Hay que ir a Taxqueña por la cuñada. Hay que ir a la salida a Querétaro porque ahí hay un outlet para comprar los regalos a buenos precios. Hay que conseguir atuendos para todas las ocasiones. Hay que hacer brindis con las de la danza, las del yoga, las del macramé y las del club de lectura. Hay que salir. Hay que gastar. Hay que enojarse y con suerte nos dé un infarto.

Es increíble cómo llega diciembre y toda la gente se aloca, se oyen más claxons, los trayectos se eternizan, la socialización se complica, las almendras suben de precio y la sociedad entera empieza a hablar de enflacar mientras traga y de ahorrar mientras gasta; de lo terrible que es enero entre su cuesta y los kilitos de más y de lo bueno que está este pavo, y los regalos que quedan por comprar.

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From → bendita sociedad

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