La celulitis no se quita


Sé que 90 por ciento de quienes lean esta nota están buscando remedios para la desagradable piel de naranja. Comparto su dolor, pero no quiero hablar de eso…

Me refiero a la otra celulitis. A la que no se previene comiendo sanamente y haciendo ejercicio. A la que aqueja a la gran mayoría de los ciudadanos de todo el mundo con acceso a internet. Ese méndigo aparatito que ahora se denomina “inteligente” y al que le creemos más que a nuestra propia madre.

Si usted habita en la ciudad de México, probablemente escuchó la alerta sísmica la semana pasada hacia la media noche. Yo estaba muy acomodada en mi camita, poniéndome al día con mis telenovelas y quedándome medio dormida cuando empezó el ruidajo. Mis pensamientos de ese momento fueron, en este orden:

  1. Alerta sísmica = muerte y destrucción = hay que salir.
  2. ¡Mierda! Mi celular no tiene pilas.
  3. Uta… Se va a despertar el niño.
  4. No lo puedo sacar así, con esa tos y este frío.

Como verá, mi lista de prioridades está ligeramente desordenada… Todo por la celulitis.

Le pongo otro ejemplo:

La prisa de la mañana es muy emocionante. Al que no había despertado del todo, le ayuda mucho el estrés del tránsito para llegar bien animado al trabajo. Todos hemos experimentado esos chisguetazos de adrenalina que provoca un alto que dura, y dura, y dura…

Pues hoy en la mañana me tocó a mí. Desde que volvió a existir la policía de tránsito en esta amable ciudad, uno de los tres semáforos que me tocan por la mañana dura dos o tres eternidades. Por lo general, llevo suficiente tiempo. Pero hoy mientras el semáforo no cambiaba el minutero avanzaba un montón. Temía que no me recibieran al hijo y todo el desastre que eso podría significar.

Saqué el teléfono, lo miré. Lo sostuve entre mis manos mientras pensaba ¿Tuiteo que el semáforo no cambia? ¿Llamo a la escuela para decirles que estoy atrapada en un alto y que por piedad me esperen? ¿Le mando un whatsapp al oficial de tránsito a cargo para que sepa que la fila de los que queremos pasar ya es de más de tres cuadras?

¿Cuál era la lógica de sacar el celular? Sí, sabe cómo estará el clima, anuncia las actividades calendarizadas para el día, me permite mis catarsis en redes sociales y me saca del aburrimiento cuando no cargo libro y me toca esperar. Quizá sí es súper inteligente. Tal vez yo no he sabido sacarle todo el provecho. Sé que podría sugerirme rutas alternas. Sé que puede sonar cuando va a temblar. Me saca de los peores aprietos cuando puedo ponerle una peli a mi hijo en situaciones de estrés.

Cuando lo pierdo de vista siento terrible angustia y a veces es el único capaz de hacerme reír. Pero el celular no va a salvar mi vida… Una parte de mí lo sabe y la otra se niega a aceptarlo. Lo admito: tengo uno de los peores casos de celulitis del planeta.

PD. Nadie me diga nada por mis más de nueve meses de ausencia.

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A gozar la Noche Buena


Es mi primera navidad en versión mamá. Tenía ganas de hacer el numerito casi completo. Digo casi porque no pienso gastar 1500 pesos en un árbol que tres semanas después se va a la basura. Tampoco quisiera gastar en otras decoraciones mientras Pedrito no sepa de qué va la cosa. Pero hubiera estado bueno cenar en familia, comer romeritos, intercambiar regalos, despertar en la mañana y ver qué le trajo Santa Clos. Hornear galletas y compartirlas con la familia… o intentarlo a riesgo de fracasar como hace dos años que decidí que era buena idea hacer galletas de jengibre con harina de arroz.

No me gusta el pavo, ni el bacalao, ni la ensalada rara de manzana navideña. Pero los olores navideños me gustan. Durante años fui fiel seguidora del Grinch, luego compartí una navidad con mi verdadera familia y me gustó la parte de reír y comer y seguir riendo.

Pero este año la familia no se reúne. Las distancias son demasiado grandes, las gargantas están muy irritadas, los mocos están muy espesos, la economía está de la chingada y Pedrito y yo nos vamos a guardar en nuestra casa. Aprovecharé que es muy joven y no tiene expectativas en estas fechas. Él cenará sus verduras, se dará un bañito en tina, se pondrá una piyama calientita y jugará un rato en lo que le da sueñito rico y se queda dormido hasta mañana. Y después, si tengo fuerzas, hornearé esas galletas. Si triunfo y son deliciosas, buscaré beneficiarios… O me las comeré todas con leche. O se las dejaré a Santa Clos, a ver si este año viene, aunque sea a echarse una  meriendita.

Este año tenía ganas de hacer casi todo el numerito y creo que estar casi sola no debería ser un obstáculo. Es un poco una maldición que el espíritu del Grinch me abandonara. Confieso que siento un poco de tristeza. Pero nada que una galletita de jengibre con forma de hombrecillo o mujercilla no pueda remediar.

Felices fiestas para ustedes. Si sus familias viven en la localidad, o alcanzaron a formar parte del programa Bienvenido paisano y además no nadan en una alberca de mocos, ¡gócenle! Que esta noche es Noche Buena y mañana, Navidad.

Vacaciones decembrinas


La realidad es que disfruto mucho mi trabajo, pero como todos ustedes llegué a estas fechas hecha pomada. Físicamente agotada: levantarme en las mañanas cada mañana cuesta más, me pegó la primera gripa después de dos años de salud y embarazo y lactancia y un hijo que lleva seis meses con catarros y tos. Mentalmente ya no doy una: busqué la ropa recién lavada en el refrigerador, intenté dejar mi cepillo de dientes en el contacto de luz, compré el regalo de navidad de mijo y lo olvidé en la tienda… Emocionalmente no puedo más: todas las historias me hacen llorar, el noticiero que amo rompe mi corazón todos los días, México se está cayendo a pedazos en lo privado y lo público y no vemos la salida.

Por eso, he resuelto que necesito estos días para mí. No quiero ver ni oír noticieros. Combatiré mi adicción a tuiter con tal de no enterarme (sólo por unos días) de lo que pasa en la vida real. Hay gente (que seguramente no lee este blog) a la que no pienso contestarle el teléfono. Me muero por el silencio, la paz y las ausencias de todo aquello que me acompaño de forma indirecta todo el año. Quiero risas, quiero chisme sabrosón, quiero pasta y pizza y ensalada y sopa y muchos postres. Quiero carne y salmón y romeritos. Quiero vino y mezcal y café y muchos tecitos. Quiero una pausa y me la voy a dar. Quiero leer algo que no sean notas tristísimas de periódico. Quiero películas (aunque sean navideñas y de Disney). Quiero a mis amigas, a mis amigos, a mi familia, a mi hijito y una taza de ponche.

Para todo lo demás, les pido un momentito, un respiro de aquí al 5 de enero.

Concurso «Publicación Solidaria»


La Fundación Universitaria Iberoamericana (FUNIBER) convoca al concurso «Publicación Solidaria». Con tal motivo, Alicia Cogordan, estudiante del Master Internacional en Nutrición y Dietética me hizo llegar esta carta que es su propuesta para dicho concurso. Quise compartirla con ustedes porque, al final de cuentas, el propósito del concurso es ayudar a nuestra sociedad y crear una cadenita de puras buenas ondas no es ni tan complicado ni nos cuesta ni un centavo.

México, D.F. a 20 de noviembre de 2014

Querida Sabina:

Escuchamos a mucha gente decir que muchas cosas están mal en nuestra sociedad, que la gente consume drogas, que hay mucha violencia, que necesitamos mejores gobernantes, que se erradique la corrupción, que todo el mal en el mundo se acabaría haciendo la guerra al narcotráfico y a quienes buscan dañar a la sociedad, no importa en qué lugar del mundo. Diferentes países, diferentes abusos y males que debieran erradicarse. Es triste y frustrante que no esté en mis manos hacer estos cambios.

Creo que olvidamos que somos parte de esa sociedad que alienta, aún de forma pasiva, lo que sucede a nuestro alrededor, tal vez simplemente con indiferencia, o siendo groseros y agresivos con las personas que están más cerca de nosotros: padres, hijos, hermanos, vecinos, compañeros de trabajo o escuela…

¿Qué pasaría si cada uno de nosotros pusiera especial atención en mejorar su relación con las personas a su alrededor? Saludar con cordialidad a todo el mundo, una sonrisa; si lleváramos llevar de comer a aquel anciano que vive solo a quien le cuesta mucho esfuerzo moverse o salir a buscar qué comer, evitar hacer todo aquello que francamente nos molesta de los demás.

No tenemos que ser amigos de todas las personas. Pero tampoco tenemos que ser enemigos, que obstaculizar su felicidad, su desarrollo, su tranquilidad. Sería lindo ayudar por ayudar, sin buscar nada a cambio.

En sociedades antiguas, los niños eran considerados como nuestros, los niños, sobrinos, hijos, vecinos eran responsabilidad de toda la comunidad. Para mí, esto tiene sentido, porque los niños que nos son mis hijos serán amigos, compañeros, vecinos y colegas de mis hijos; se cruzarán en las calles, en el súper, en la escuela…  ¿Qué mejor que esos niños aprendan de sus padres y de cuanta gente los rodea una serie de valores que ayuden a mejorar a nuestra comunidad?  Tal vez podríamos resumirlo como cuidar y respetar.

La cordialidad, la amabilidad, la sonrisa y el respeto son cosas que se aprenden y se contagian. Si procuramos ser así con la gente con la que nos cruzamos, tal vez ellos sean así a su vez con quienes crucen su propio camino haciendo una cadenita y mejorando nuestro entorno más cercano. Podría resumirlo como ‘Personas sencillas haciendo cambios sencillos’. Lo propongo abiertamente con la ilusión de que alguien decida ponerlo en marcha junto conmigo y que poco a poco se pierda todo aquello que tanto nos entristece de nuestra realidad actual.

Amores,

Alicia

Para más información, pueden visitar http://www.estudiaenfuniber.com

La maldición de la doble fila


Encontrar gente estacionada en doble fila provoca una revolución química en mi cuerpo. Como dirían los clásicos, “me hierve el buche”. Pero también los sesos, y hasta las palmas de las manos. Lo puedo entender cuando te detienes una fracción de minuto para que alguien suba o baje del auto. Puedo entender cuando se trata del camión del gas, pues depende de la longitud de una manguera para cumplir con su labor. Puedo entender cuando una persona no puede caminar. Pero definitivamente no puedo con ciertos detalles:

  • Si ya otro conductor le ganó estacionándose en doble fila en la misma cuadra, sea tan amable de pararse del mismo lado, para que los demás tengan al menos un carril libre.
  • Si hay un lugar vacío donde cabe su auto, no importa si se tarda más en estacionarse que en comprar queso, dejar la ropa en la lavandería o recoger al niño del Tae Kwon Do, ¡use el lugar vacío!
  • Si está con sus hijos, recuerde que la misión no sólo es enseñarles a hablar y a caminar, también nos toca enseñarles algo de civismo. Ver que nos estacionamos en doble fila, nos damos vueltas prohibidas, nos pasamos el alto o tiramos basura hará que ellos repitan estas conductas pues las verán como normales. ¡Evite ser una bestia frente a las criaturas!

Sobre este último punto, confieso que el peor entripado lo hago con mamás y papás afuera de las escuelas. Siempre hay lugar, tal vez a media cuadra, una cuadra, cuadra y media. No más. Con medio centímetro de paciencia basta para encontrarlo, estacionarse y bajar con calma. A todos nos hace bien esa caminadita de una cuadra, no nos tardamos mucho más, y ni chingamos al prójimo ni nos arriesgamos a que la grúa se vaya con nuestro vehículo colgado. Si Pedrito pesa más de 13 kilos, ni modo: cargas a Pedrito como lo cargas siempre. Si Pedrito ya camina, pero muy despacio, ni modo: correteas a Pedrito, o lo sigues cargando, o llegas más temprano. La única razón que encuentro para estacionarse en doble fila con tal de estar pegado a la puerta es que Pedrito o su tutor tengan un problema que les impide caminar —y con problema no quiero decir HUEVA—.

El otro día estuve esperando afuera de la escuela de Pedrito más de 20 minutos a que una mamá moviera su camioneta. Estaba parada junto a mi carro y cuando se acercaba le pregunté si era suya, para saber si ya me subía a mi carro y lo prendía. “¡SÍ!”, me gruñó, feroz. Supongo que esperaba que le dijera lo que se merece, aunque yo sólo quería saber si ya podía irme.

Señoras y señores, la ciudad de México es una pesadilla para conductores, peatones y ciclistas. Si no le vamos bajando dos rayitas a nuestro egoísmo nunca podremos bajarle ni media a nuestro estrés. No lo haga por mí, hágalo por usted… Aunque sea inténtelo un poquito.

Ablactación o cambio de universo


A todos nos gusta compartir y que nos compartan cuando estamos descubriendo cómo es esto de ser papás. Yo suelo sentir que me quedo corta en la información que tengo. Leo en internet, hablo mucho con amigas y amigos con hijos, hablo con la pediatra de Pedrito y hablo con mi madre, leo libros que me han prestado, que me han regalado, que he comprado y, sobre todo, observo a mi hijo.

Pero hay información de todos los colores y sabores. Lo lógico sería elegir una corriente o un consejero y seguirse por ahí sin distraerse. Algunas dudas se resuelven fácil: pediatra dice, mamá hace. Pero hay temas, como la papilla, que son cosa una complicación social realmente.

La doctora dice que un alimento nuevo al día y que en once días lo tienes comiendo frutas, verduras y cereales. Que no es necesario darle un mismo alimento durante tres días o más porque si hubiera una reacción alérgica, la habría desde el primer día.

La guardería dice que dos alimentos nuevos a la semana: toda la semana, chayotes y peras, toda la siguiente, chícharos y bananas. Si algo le hace daño, supongo que le preguntas a un chamán qué pudo ser.

La doctora manda papaya, pide evitar cítricos y alérgenos. La guardería te mira con juicio y considera que eres una loca por haberle dado papaya. Y si no quieres que le den guayabas y chícharos, tienes que llevar una carta firmada por el médico del IMSS donde diga que sí es cierto que la guardería puede hacer lo que la pediatra y la madre consideran mejor para el bebé.

El crío no ha probado el agua más que una vez hace un par de semanas que abrió la boca de más mientras chapoteaba en la tina. Espero que ese sabor a jabón para bebé no haya marcado el destino de la relación entre mi hijo y el agua sola, porque ya compré el vasito entrenador y ya tengo autorización de la pediatra de dárselo. La gran duda es ¿cuándo toma agua un bebé? El hambre y la sed se las quitamos al 2×1 con leche materna desde el principio. Creo que cuando llora de hambre, el agua no será suficiente. Creo también que cuando va a comer, es mejor no darle agua. Los horarios de comidas empiezan a ser claros desde que empezó la ablactación, pero ni las cantidades ni el tipo de alimento. La pediatra dice que por la mañana le dé fruta y leche; a medio día, verdura y leche; por la tarde, cereal y una hora después, la leche. Cinco cucharadas de papillas y leche a libre demanda. Pero la guardería dice que verduras y leche por la mañana, fruta y verdura a medio día, una colación de leche a las 4 pm y después ya se desentiende porque no está dentro de su jurisdicción. Tanta papilla como el bebé acepte y no más de cinco onzas de leche. ¿Confundidos? Yo sí… En primer lugar porque no tengo idea de cuánta comida darle ni cómo dársela ni qué es lo mejor para él. En segundo lugar porque NADIE mencionó el agua. Y en tercero porque las decisiones las está tomando un instituto monstruoso que tiene fama de hacerlo todo muy mal y que parece creer que todos los niños son una masa uniforme y que no existen pequeños individuos.

Si usted sabe cuándo darle agua a un bebé, por favor cuénteme. Si ha oído algo diferente sobre ablactación y papillas, mejor ni me diga porque me pongo muy nerviosa. Mientras, me conformo con el dulce recuerdo de aquellos días en los que para alimentar a mi hijo sólo había dos opciones: leche materna o leche de lata.  

Así algunos médicos…


Mucho se habla en estos días del tema de violencia obstétrica. Las mujeres mexicanas son víctimas de médicos y enfermeras tanto del sistema público como del privado. Hay casos alarmantes que llegan a oídos de todos por medio de noticieros, que indignan a la sociedad y que deberían obligar a las autoridades a actuar, como el reciente caso en Oaxaca de una mujer que murió porque le dejaron adentro unas tijeras, las mujeres que han dado a luz afuera de las clínicas, las que son agredidas con frases que ya hemos escuchado como “pero no te quejabas cuando lo hiciste” y a las que les imponen un método anticonceptivo sin consultarlas ni informarlas. Pero también hay casos más discretos en los que las mujeres somos agredidas física o verbalmente de forma menos escandalosa, con métodos que no llegarán a los periódicos y ante los cuales debemos reaccionar. Prometí que una vez pasado mi embarazo, parto y puerperio contaría mi historia y aquí está.

He consultado a la misma ginecóloga durante ocho años y la adoro. Me parece una gran doctora: lista, atinada, comprensiva, respetuosa, que sabe cuidar de sus pacientes. Me la recomendó una amiga y desde entonces yo suelo recomendarla también. Ella empezó a cuidarnos cuando supe que estaba embarazada, pero cuando hablé con ella sobre sus honorarios para el parto su respuesta fue: “No hay presupuesto que alcance para criar a un hijo. Yo te agradezco la confianza y que me des trabajo, pero conmigo se duplicaría tu gasto. Contrata el paquete del hospital TAL y que te atienda un médico de su equipo. Son buenos doctores, vas a estar bien cuidada”. Investigué sobre el paquete de parto de dicho hospital y sonaba maravilloso: Incluye todas las consultas previas al parto, algunos análisis, los ultrasonidos (también el 3D y 4D), el material y equipo para el parto y los honorarios de todos los médicos involucrados por una muy amable cantidad. Lo contraté.

Al firmar el contrato te preguntan con qué médico deseas atenderte. Un poco a ciegas elegí al que atiende por las mañanas entre semana. ¡Vaya error! En la primera consulta me hizo una serie de preguntas, entre ellas si este era mi primer embarazo. Le dije que sí y dijo “No es por ser mal pensado, pero ¿cómo es que a tu edad no te habías embarazado antes? Vio mis estrías de la adolescencia y dijo “Engordas y enflacas muy rápido, no?”. Revisó mi boca y dijo “Urge que veas a un dentista, tienes muchísimas caries”. Su intención: asustarme para que no dejara la cita con el dentista para nunca (ya tenía mi cita con el dentista, quien afirma, además, que mi higiene bucal es muy buena). Mejor habría sido recalcar la importancia de ver al dentista en el embarazo. Luego, en vez de preguntarme cómo me sentía y cuáles eran mis dudas e inquietudes me contó que él nunca quiso ser obstetra, que él no quería ver embarazadas. “Pobre”, pensé. Pero volví el siguiente mes.

En otra consulta me dijo que le preocupaba que yo parecía deprimida y que me fuera a “aventar al metro”. Me dijo: “la próxima vez quiero verte peinada, maquillada y vestida con colores alegres”. Mi blusa de aquel día era rosa, pero sólo le respondí: “yo no me maquillo, nunca me he maquillado, no sé maquillarme ni voy a aprender”.

Pero la más grave me parece lo siguiente: Por incompatibilidad de RH te mandan a hacer análisis una vez al mes. Te sacan sangre, da negativo y sigues así hasta que nace tu bebé, quien muy seguramente será RH positivo, te “vacunan” para que no tengas problemas en tu siguiente embarazo y tantán. Las madres primigestas no tienen problema por la incompatibilidad, los problemas pueden venir en segundos y terceros embarazos. Yo no sabía esto y puntual iba mes con mes a sacarme sangre y un día le pregunté a este “doctor” qué pasaría si el Coombs indirecto daba positivo. Su respuesta fue: “tu cuerpo empieza a generar anticuerpos que atacan al bebé, matando glóbulos rojos y evitando que se formen más. Le pueden generar anemia, impiden que se terminen de formar el cerebro y el corazón y al final provocan su muerte”. Aterrada dije: “Pero el Coombs es para monitorear y descubrir si hay un problema a tiempo, ¿no? ¿Entonces se podría resolver? ¿Cómo se resuelve?”. No me contestó, sino que dijo “La solución es que te insemines de un hombre que sea RH negativo”. Y le dije: “Pero, ¿qué se hace si el Coombs sale positivo?” y contestó: “Pues rezar, mija”.

Al día siguiente solicité mi cambio con el médico que atiende por las tardes. Mentí y dije que era por el horario. Me daba miedo que este doctorcito de pacotilla estuviera presente por alguna insospechada razón en el momento de mi parto. Cuando fui con el nuevo médico descubrí que no era necesario ni verme, ni revisarme, ni preguntarme como él lo había hecho y que las revisiones no duelen. Al final me atendió un muy buen médico, que me trató con respeto siempre, se interesó por resolver mis dudas e inquietudes, me dio un trato digno en cada consulta y hasta que me dio de alta hace unos cuantos días.

Prefiero no decir el nombre del médico y del hospital, pero la dirección médica recibirá una carta mía en los próximos días relatando los hechos uno por uno porque alguien le tiene que explicar a este doctorcete que así no se trata a nadie, nunca, bajo ninguna circunstancia. ¿Por qué se lo cuento entonces? Por que quiero que sean conscientes de que debemos exigir tratos dignos y respetuosos de nuestros médicos, que sepan que no es necesario llegar a los extremos que vemos en el noticiero para que sea considerada violencia.

El puerperio y las piyamas


La semana que nació mi bebé me sentía fatal: dolor de espalda, de tripa, de huesos, de músculos, de piernas, de pies, de cabeza, de tetas… No exagero, duele todo. Claro que tiene que ver con que parí a un ser humano gigante, pero también tiene que ver con el trabajo enorme que hace todo el organismo para fabricar y luego expulsar a una personita nueva. Sí, parece magia que donde no había persona ya haya persona. Pero no fue arte de magia, fue el esfuerzo físico más fuerte que he hecho en mi vida.

Esa semana toda mi gente maravillosa me llamó y me escribió. Todos querían venir a visitarnos, consentirnos, abrazarnos, darnos su amor y celebrar la buena nueva. La verdad es que a la gran mayoría tuve que pedirles que me esperaran un par de semanitas, no podía ni levantarme. Recibir visitas cuando no puedes ni servirles agua no está padre.

Seguramente, así como cada embarazo es diferente, cada puerperio lo es también. El mío ha significado una redefinición de mi relación con las piyamas. Entre la dificultad para moverme y la mediana depresión posparto, bañarse ya era ventaja. Volver a ponerme la piyama, esencial. ¿Y qué decir de la frecuencia con que hay que cambiarse de ropa con un lactante? Los bebés comen, y después de comer eructan y, a veces, cuando eructan escupen leche y hay que cambiarnos todos… mejor que sean piyamas. Y a la hora del baño, cuando la nueva persona entra o sale de la bañera y siente mucho frío y se hace pis y te empapa, agradeces traer una piyamita de algodón y tus pantuflas que se lavan y se secan como las demás.

Pero además, si vas a estar guardadita en tu casa, ¿para qué intentas ponerte tus preciosas ropas? Y ojo con intentar ponértelas demasiado pronto, cuando todavía hay algo de inflamación y te quedan algunos kilitos por bajar y entonces absolutamente ninguno de tus pantalones cierra, y algunos de tus pantalones ni siquiera suben. ¿Para qué someterme a semejante estrés cuando ya bastante tengo con el dolor y la depresión antes mencionados? ¡Que vivan las piyamas!

Mi querida amiga J lo tiene claro. Cuando me llamó para ver cómo estábamos y felicitarnos por la llegada del bebé, preguntó muy acertadamente “¿Necesitas algo? ¿Una piyama? Parece que son muy importantes…”. Ella, que no tiene hijos, pero tiene muchos sobrinos y además pone mucha atención, lo sabe y lo entiende muy bien.

Ahora el dilema es qué sigue de la piyama, pues no tengo pants y voy a tener que salir esta semana. Por suerte, en mi enorme flojera de probarme la ropa cuando me compro pantalones, hay algunos que siempre me han quedado un poco grandes y seguro encontraré alguna fabulosa (y con fabulosa quiero decir intrépida) combinación que usar para mis breves salidas obligadas, como la cita con el pediatra.

Mientras tanto, querido lector, tenga la certeza de que esto lo escribo en camisón y bata…

¿Pero sí va a querer la cuna?


El embarazo te transforma. Te cambia el carácter, te obliga a ser paciente, pues por ninguna otra cosa esperas y esperas durante nueve meses sin poder tomar acción alguna para adelantar el final. Te vuelve más valiente, más cauteloso, te hace mucho más tolerante, te enseña a aceptar y recibir con mejor actitud. Aceptas los favores, los amores, los regalos, las atenciones y los cuidados de los demás, cosa que antes evitabas por miedo a parecer encajosa, abusiva, pedigüeña… El embarazo te cambia la visión, misión y valores. Cambia todos tus objetivos.

Todo el mundo sabe que mi economía no es particularmente sana. Compro las cosas conforme las voy necesitando y me doy realmente pocos y discretos lujos. Pero los bebés necesitan muchas cosas y la mayoría tienen que estar ahí para cuando ellos llegan. Con el propósito de lograr este objetivo, mis amigas de la juvenilidad armaron un baby shower hermoso con comida deliciosa e invitaron a todas mis otras amigas de la posjuvenilidad y la preadolescencia. Yo no sabía cómo funciona eso, pero ellas me explicaron: mesa de regalos en un gran almacén, pides que te regalen dinero, o todo el mundo trae un paquete de pañales. Elegí la primera.

Me divertí muchísimo escogiendo los regalos. Había cosas de todo tipo: el termómetro para bebé, el cortauñitas y la mordedera, pañaleros, mamelucos, calcetines, cosas para el baño, sábanas, cobijas y juguetitos, y hasta  la cuna donde la pequeña nueva persona puede pasar sus días y sus noches durmiendo plácidamente. Ésta última estaba en la lista como “regalo abierto”, una modalidad en la que un amigo puede abonar una pequeña cantidad y otro, otra y así hasta juntar el costo total de la cuna. Pero el sistema de la tienda es rarísimo: Cuando se juntó el dinero fui a ver qué procedía para que me dieran mi cuna. La respuesta de la señorita de la tienda fue “¿Pero sí va a querer la cuna?”. Entonces me explicó que me darían el dinero en un monedero electrónico para que yo dispusiera de él como mejor considerara… ¿Habrá quien considere renovar su guardarropa y dejar a la cría sin cama?  Yo quería la cuna, pero la señorita que me estaba ayudando no logró poner el dinero en el monedero. Al día siguiente fui a otra sucursal y la señorita que me ayudaba no lo logró tampoco. Había un error en el sistema y no podían hacer la transferencia. Tuve que ir cinco veces hasta que se logró el movimiento, la última en 31 de diciembre, estaba agotada y muuuy embarazada… tanto que de la tienda me fui a urgencias. A los poquitos días parí. Pero era necesario, los bebés necesitan sus cunas.

Me dieron una fecha de entrega y luego la pospusieron. El día de la entrega llamaron  para confirmar que llegarían entre las 6 y las 8, mi madre estaba puntual a esperar la cuna en mi casa. A las 7 llamaron para decir que ya no les daba tiempo de llegar. A las 7:30 se fue mi mamá. Al 10 para las 8 llamaron, que estaban afuera y que necesitaban que alguien les abriera… Dioses!  Vuelva otro día. Acordamos que volverían la siguiente semana. Entonces llevaron de nuevo la cuna. A los dos días vendría el equipo de expertos en armado de cunas. Pero cuando llegaron descubrieron que la cuna estaba rota y dijeron que ellos no podían ayudarme, que tenía que hablar con el vendedor. Hablé con él ese mismo día y ha pasado una semana y sigo sin tener más que una cuna rota, un montón de cartones regados por la habitación y un bebé obligado al colecho por culpa de ciertos almacenes de prestigio.

No le digan a nadie, pero la tienda es Liverpool y me arrepiento de permitir que sea parte de mi vida. Si los ven, díganles que sí, sigo queriendo mi cuna.

Las manos quietas


Cuando estás embarazada y empieza a crecer tu panza, te vuelves un imán de manos y ojos. Los extraños te miran (unos con envidia, unos con asco, unos con ternura, unos con indiferencia) en un centro comercial, en la calle, en el camión, en la vacación y en la oficina… Muchos, extraños o no, ponen su mano en tu barriga. Aparentemente, el hecho de que haya un bebé adentro es suficiente razón para que andemos por la vida agarrándonos las panzas sin pudor. Y la gente no sólo te toca, te sobetea. En especial otras mujeres. Y luego opinan: es enorme, es divina, es niño, es niña, ya casi nace, te faltan tres meses, son gemelos… Y preguntan, y sugieren, y adjetivan y tú las miras y sonríes mientras piensas en poner tu mano en su barriga a ver qué cara ponen.

Y claro, te monesean los doctores. Yo he sido bendecida con mi médico de toda la vida, el del hospital donde he considerado atenderme y el médico del IMSS, quienes me manosean de forma regular, al menos una vez al mes cada uno. Ellos no sólo tocan mi panza, también mis patas para ver si están hinchadas, por ejemplo. Pero además en mis dos visitas a urgencias me han tocado dos duplas distintas de “médicos” residentes que me han examinado, medido y, por qué no, masajeado la barriga. El masaje concluyó cuando entró otro doctor y gritó “¿¡Por qué le sobas la panza?!”. Seguro que la masajeada le estaba cayendo re bien a mi retoño… Pero a él nadie le pregunta nada.

Te manosean las expertas en reproducción que consideran que saben todo de panzas, gestantes, infantes, fetos y anexas. Esas te miran con amor mientras te preguntan si has ido a la consulta, al ultrasonido, si todo está en orden, si te han hecho todos los estudios, si tu médico no te ha dicho que todo está mal… porque consideran que tu barriga es demasiado grande o que luces demasiado cansada, o que tal vez vas a parir un par de elefantes.

Te manosean las vendedoras de ropa: la de los pantalones, la de los calzones, la de las fajas y la de los bras de lactancia. Todas quieren saber qué talla eres, ninguna confía en tu capacidad de conocer y reconocer tu propia talla. Todas creen saber mejor que tú lo que necesitas, muchas a pesar de no haber estado embarazadas nunca. Te pruebas la ropa que se vale probarse y eliges la que mejor te queda. Luego ellas, profesionales del manoseo, te dicen que no, que todo seguirá creciendo, que te lleves otra talla que ellas consideran que es la correcta.

Total, te vas a casa con las manos vacías, frustradona porque no logras completar la lista de cosas que debes comprar, con la camisa cochina de tanta mano que se ha limpiado el cebo en ella, incómoda con los comentarios que no sólo son impertinentes sino que logran preocuparte y hacer que te preguntes si en efecto darás a luz a un par de elefantes gordos y con un poquito de retraso mental.

Claro que, desde el punto de vista más optimista, supongo que está bien que la gente toque panzas ajenas, aunque sea para limpiarse las manos, para depositar su opinión, para soltar un poquito de veneno o porque, ante la gran panza, no se les ocurre nada más que hacer… siempre y cuando estén conscientes de que están tocando a otro ser humano.